La Conquista del Paraíso
Capítulo IV
Hace 3 años
Virginia - Praga
Desperté. Carlos dormía plácidamente, su cabeza adornada por su cabello entrecano que tanto me gustaba, descansaba sobre su brazo derecho medio encogido mientras apoyaba su brazo izquierdo en mis pechos.
Temí moverme demasiado por miedo a despertarlo, observé la paz que su rostro reflejaba. Había sido un casual encuentro en el café Franz Kafka, bonita tarde descubriendo juntos Praga, ajetreada cena bebiendo cerveza cantando canciones españolas en compañía de estudiantes españoles. Apasionante noche de amor, placer, confidencias, entrega y miedo
Lo seguí observando intentando vislumbrar a través de sus reflejos gestos algo de su personalidad, esa que tenía oculta, esa que temía sacar a la luz y mostrar a todo el mundo; esas circunstancias de su vida que con tanto ahínco probablemente mantenía dentro de su ser en una incesante lucha consigo mismo, pugnando a veces por desterrarlas de su memoria, otras, por sumergirse en ellas y soñar que fueron ciertamente las que él deseó.
Me giré poniéndome de costado, mi cara frente a la suya, acaricié su cabello, su frente, sus cejas, sus mejillas, con mucha suavidad, con mucha dulzura, era lo que él me inspiraba. Tímidamente besé sus labios, no quería despertarlo pero por otro lado anhelaba que lo hiciera, oír de nuevo su voz susurrándome al oído excitantes palabras de deseo, ansiaba ardientemente volver a sentir como su boca recorría todo mi cuerpo, como encendía cada poro de mi piel hasta hacerme temblar de placer enajenándome la razón. Quería volver a sentir su pene dentro de mí, volver a vivir esa manera suya tan especial de amar en la que se mezclaban al unísono tan desmedida pasión, tan violento deseo, esa tan constantemente presente tremenda dulzura suya.
Recordé su azoramiento cuando lo besé y no pude evitar sonreír al mismo tiempo que volvía a besar sus labios. Nunca sabré el porqué de mi reacción, el porqué de besarlo, desde luego era la primera vez que hacía algo parecido, yo siempre tan correcta, tan predecible, tan en mi lugar. No sé, tal vez fuera el hecho de haber cumplido 35 años y sentir que nunca en mi existencia había hecho algo extraordinario, algo que no fuera lo esperado de mí. Tal vez fuera, como le comenté, por la ternura con la que me miró, nunca me habían mirado así, los hombres siempre que lo hacían era con miedo, como si de antemano supieran de su fracaso en el intento de conseguir mi atención.
Después de tomar dos Jack Danniels nos levantamos y fuimos a deambular por las calles de Praga. Recorrimos Malá Strana admirando sus preciosos palacios, iglesias y plazas, atravesamos el puente Carlos disfrutando de la maravillosa música que los músicos callejeros interpretaban. Fue allí, en el Puente Carlos donde me enganché de su brazo y lo volví a besar apoyando a continuación mi cabeza en su hombro. Él cogió mi mano y dulcemente besó cada una de las yemas de mis dedos, cuanta dulzura en sus labios, cuanta veneración, cuanto cariño y ternura.
También estuvimos en Hradčany, el barrio del Castillo, anduvimos por el callejón del Oro y la Alquimia donde durante unos años vivió Franz Kafka, también visitamos la Catedral de San Vito, al final desembocamos en Staré Město donde pudimos contemplar y admirar el ayuntamiento con su reloj astronómico, el más antiguo de Europa, por lo que casi se podría decir el más antiguo del mundo. Durante todo el trayecto seguí cogida de su brazo, apoyada en su hombro, él no cesó ya de besarme ahora en la frente, otrora en los labios, pero siempre con esa suave ternura que nunca había apreciado en ningún hombre.
A pocos metros de la plaza Wenceslao nos topamos con el restaurante Bredovský Dvůr, la verdad es que ninguno de los dos habíamos almorzado por lo que estábamos, aunque las emociones nos había hecho olvidar nuestros estómagos, realmente hambrientos. Curiosamente el camarero que nos atendió hablaba un perfecto español, le preguntamos y nos contó que durante dos años había estado trabajando en la Costa Brava, zona muy turística de España. Le pedimos que nos aconsejara, bueno más bien se lo pedí yo, Carlos puntualizó con muy buen acierto que no se propasara con la cantidad, que aunque éramos turistas ya llevábamos unas cuantas semanas en Praga. Nos ofreció diferente tipos de costillas, cordero, cabrito, ternera, cerdo… y también pato. Nos inclinamos por el pato y por supuesto, para beber, cerveza Pilsner Urquell de barril.
Brindamos chocando nuestras jarras de cerveza con tanto ímpetu que casi la mitad del contenido se derramó sobre la mesa. No pudimos menos que reírnos a carcajada abierta, de pronto Carlos se me quedó mirando fijamente a los ojos, los suyos casi acuosos, eres un ángel me dijo, a continuación me besó de una manera tan intensa y embriagadora que creí levitar. Cada vez me sorprendía más. Sé que soy una persona un poco autoritaria que está acostumbrada a mandar y dirigir, a tomar decisiones, a ser yo la que en los restaurantes elije la comida y la bebida. Generalmente suele molestar a los hombres por aquello del machito que siempre llevan dentro, pero a Carlos no parecía importarle lo más mínimo, no necesitaba de esas tonterías para hacerme sentir que indudablemente era él quien dominaba la situación, era él quien sin lugar a dudas presidiría y sería el punto de atención de cualquier reunión, tal era su personalidad, seguridad en sí mismo que demostraba y aplomo.
La comida era peor de lo esperado, la verdad es que el pato estaba demasiado seco para nuestro gusto. Un grupo de estudiantes españoles de Erasmus irrumpió en el local, era fácil saber su nacionalidad dado el volumen de sus voces así como la alegría que llevaban en el cuerpo. Se pusieron a cantar y sin la menor vergüenza nos sumamos a ellos. No recuerdo las jarras de cerveza que pudimos tomarnos pero los dos teníamos la misma virtud, con cada jarra íbamos dos veces al baño, así que era fácil seguir bebiendo sin que afectara en demasía a nuestras facultades físicas y mentales. Lo que sí recordaba con tremendo agrado era la risa de Carlos, cuando de pronto dejaba de reír y clavando su mirada en la mía me volvía a repetir que era un ángel y me besaba. Al final terminamos en la misma mesa que el grupo de estudiantes, todos de pie con nuestros brazos rodeando los hombros del vecino, brindando con nuestras jarras de cerveza, riendo, cantando, abrazándonos, besándonos en las mejillas. Parecía que nos conociéramos de toda la vida, ¡qué feliz se le veía a Carlos! Y qué feliz me sentía yo a su lado. Al final terminamos todos cantando Que viva España.
Entre vítores, aplausos y vivas a España y Perú nos despedimos del grupo de estudiantes, por supuesto deseándonos mutuamente todos los parabienes del mundo y, cómo no, pidiéndonos que los invitáramos a nuestra boda. Eran ya las once de la noche, una bella luna llena iluminaba las empedradas calles de la vieja ciudad de Praga creando fantasmagóricas sombras de las distintas torres que jalonaban la calle. En el entrante del primer portal que encontramos Carlos se detuvo, casi empujándome hizo que apoyara mi espalda sobre la puerta de madera al mismo tiempo que asiendo con fuerza mis manos entre las suyas y elevándolas por encima de mi cabeza como si me tuviera prisionera, me besó.
No era un beso como los anteriores llenos de dulzura, devoción y ternura, era un beso salvajemente apasionado. Su lengua invadía mi boca, su boca sorbía mi saliva con voraz ansia. Bajaron sus labios, su lengua a mi cuello. Como pudo separó mis collares y desabrochó mi blusa, en ese momento pensé, si eso me era posible dada la pasión y el deseo que yo también empezaba a sentir, que simplemente los iba a arrancar de mi cuello, al igual que los botones de la camisa, pero no, fue sorprendentemente rápido y cuidadoso en ello sin necesidad de romper nada. Su lengua avanzó hasta mis pechos, soltó una de mis manos y sentí cómo la suya recorría mi espalda y hábilmente desabrochaba mi brazier, lo deslizó hasta mi cintura y mis erectos pezones se ofrecieron a la pasión de su lengua. Sentí como un fogonazo de placer en todo mi cuerpo que me recorrió desde la punta de los dedos del pie hasta mi nuca, nunca había sentido algo parecido, tan pronto besaba mi boca como lamía mis pezones, sus manos parecían ser media docena en lugar de dos, apretaban mis pechos, pellizcaban suave pero consistentemente mis pezones mientras al mismo tiempo los lamía.
Sentí cómo desabrochaba mi cinturón, mis pantalones, cómo bajaba la cremallera y sus dedos se sumergían en el interior de mi empapada vagina. Acariciaba mi clítoris, volvía a introducir sus dedos en mi interior, mientras no paraba de besarme, acariciaba mis pezones unas veces con su mano, otras con su boca. La intensidad de mi goce cada vez era más fuerte, creí chiflarme ante semejante demostración de pasión y deseo, me dejé llevar y definitivamente mi mente enloqueció, sentí que una corriente de diferentes y deleitantes sensaciones nunca antes vividas me atravesaba en todas las direcciones y sentidos conocidos e inimaginables. Exploté, el orgasmo fue tan gratamente agresivo que sentí como si algo se rompiera en mi interior, o más bien como si de pronto se derrumbaran todas las barreras que hasta ese momento mi organismo había dispuesto, sin yo saberlo, contra la libre expresión de mi placer.
Noté como sus dedos salían suavemente de mi interior y sus besos antes tan apasionados se tornaron suaves, sus manos y brazos pasaron de tenerme cautiva a tenerme acogida. Nunca me había sentido tan mimada, cuidada y protegida. Acariciaba con tanta delicadeza mis mejillas, mis cejas, mi nariz, mi cuello, mis orejas… que me sentí como transportada a mi infancia. Poco a poco nos fuimos serenando y nuestra respiración recuperando su cadencia normal. Durante una eternidad, así me lo pareció, nuestras miradas siguieron fija la una en la otra. Los ojos de Carlos lanzaban como si de volcanes se trataran, enardecidos destellos que escondían en sí todo lo que las palabras seguramente no serían capaces de expresar, amor, deseo, admiración, devoción, ternura. Me hizo sentir su mujer, hembra en celo, pero también me hizo sentir su niña.
Durante más de una hora deambulamos por las desiertas calles de Praga, en realidad no sé si estaban desiertas pero lo que sí sé es que sentía que la ciudad estaba hecha esa noche sólo para nosotros dos. Prácticamente no hablamos, él me llevó cogida de la mano, fuertemente estrechados mis dedos entre los suyos y continuamente acariciándome. Nunca hasta entonces había comprendido enteramente el verdadero significado de la frase: nunca hables a menos de que lo que vayas a decir sea mejor que el silencio. No necesitábamos de las palabras, ni siquiera de las miradas ni los besos, nuestro lento vagar entre aquellos centenarios edificios llenos de historia asidos de nuestras manos a través de las cuales sentíamos ambos mucho más de lo que simples vocablos pudieran transmitir, tal era la unión entre nosotros que en ese momento percibíamos que nos era imposible emitir el más mínimo sonido.
- Quiero que vengas a mi hotel a dormir conmigo Carlos –le dije-
- ¿Tienes un cepillo de dientes de sobras? –me preguntó-
- Seguro que en hotel hay los que hagan falta, pero… no quisiera que te sintieras obligado a hacerlo
Me miró y esbozó una sonrisa que hasta ese momento no había visto en él. Una sonrisa que denotaba cierto grado de superioridad o, más bien, de mucha seguridad en sí mismo. La verdad me sentí halagada a la vez que protegida, sentí que nada malo me podría suceder a su lado.
- Estoy deseando saber de los antojos de tu dormitorio mi niña –me contestó al mismo tiempo que dulcemente besaba la comisura de mis labios-
- Entonces no hay más que hablar, busquemos un taxi y vayamos a nuestro lecho de amor.
Los dos nos reímos a carcajadas, tanto fue el escándalo que armamos a media noche, que más de tres luces se encendieron en las ventanas no faltando algunas frases en tono duro que a pesar de ser lanzadas en checo, no me cabe la menor duda de que eran insultos. Vimos pasar un taxi por la esquina de la calle, por suerte, no podía ser de otro modo dado los aspavientos que hicimos para llamar su atención, nos vio. Montamos, “To Marriot please” le dije al taxista. No podía ser otro el hotel, me comentó Carlos sonriendo. Lo besé.
En tan apenas tres minutos llegamos al hotel, no pensaba que estuviéramos tan cerca de él. Bajamos del taxi, entramos en el hotel recibidos por la atenta y para mi gusto demasiado servil, inclinación del portero deseándonos buenas noches. Two hundred and twelve please, dije en recepción. Al montar en el ascensor los dos nos miramos con sonrisa pícara, había ascensorista, ganas nos dieron de salir y subir andando.
- ¡Joder! –exclamó Carlos al entrar en la suite- Oye, ¿tú eres la hija de algún magnate de tu país o eres tú el magnate?
- ¿Qué te ha traído aquí, mis caderas o mi posición social? –le dije parodiando la canción de Sabina-
- Me ha traído aquí el embrujo de tu mirada, el hechizo de tus besos, el donaire de tu ser, la magia de tu placer, porque niña… me tienes embrujado –me dijo mientras me empujaba haciendo que cayera sobre la cama y a continuación besándome de nuevo apasionadamente-
Me desabrochó la blusa quitándomela a continuación, luego el brazier con la habilidad que tan sólo hacía una hora había comprobado. Fui a quitarme los collares pero me pidió que no lo hiciera, tan sólo quiero que te quites la pluma –me dijo-. Volvió a sujetarme de las manos, aprisionándome de nuevo, su boca después de besar la mía buscando afanosamente mi lengua con la suya, comenzó a dibujar el mapa de mi piel. Sentí como descendía por mi cuello y recalaba en mis endurecidos pezones. Me seguía teniendo atrapada pero soltó una mano e introdujo sus dedos índice y corazón en mi boca, los mordí y como de un acto reflejo se hubiese tratado, él a su vez mordió suave pero intensamente mi pezón derecho. Sentí tal placer que no pude evitar morder sus dedos con fuerza, a lo que respondió aprisionándome más fuertemente mi mano y haciendo, si cabe, más intensas sus bucales caricias en mi pezón.
Su lengua bajó recorriendo mi esternón, mis costillas, mi abdomen, mi ombligo, llegó a mi vientre donde por unos instantes se deleitó con más detenimiento. Siguió bajando hasta la imaginaria línea que la cinturilla del pantalón demarcaba, lo desabrochó y me lo quitó. Continuó besando mis muslos, mis rodillas, mis pantorrillas, mis pies, los dedos de ellos. Yo me dejaba llevar, entregándome sin miedo alguno a todo lo que él quisiera hacer conmigo. Su lengua empezó a subir, de nuevo mis pantorrillas, mis rodillas, mis muslos, de pronto mis ingles. Me bajó las bragas y me las quitó mientras volvía a recorrer de nuevo mis piernas con su boca hasta llegar una vez más a mis pies, volvió a subir y entonces sentí como su lengua lamía suave y rítmicamente mi clítoris.
Mi cuerpo se transformó en arco, el dardo era mi placer que a él entregaba. Sentí cómo su lengua se introducía en mi vagina, cómo bebía de mi néctar, me sentí como la más bella de las flores libada por el más exquisito de los insectos voladores, o tal vez por un colibrí. Soltó mis manos que rápidamente dirigí a su cabeza, quería aprisionarlo entre mis piernas, mantenerlo hasta el final allí, libándome, bebiéndome, saboreándome. Mis 169 cm de anatomía se tensaron al máximo como si un cable invisible lo abarquillara, mis piernas atraparon con fuerza sus hombros, mis manos su cabeza. El clímax llegó y la flecha de mi placer salió disparada hacia su boca y en ella se derramó.
Volvió a las dulces caricias y a tratarme como si fuera una niña, suavemente rodeó mis hombros con su brazo mientras acariciaba mi cabeza, mis hombros, mis brazos, mis piernas, todo serenamente, mientras besaba tiernamente mis labios. No duró mucho esa situación ya que al poco sentí de nuevo un inmenso deseo de él. Me puse encima suyo cuan larga era, lo besé jugueteando con mi lengua en su boca. Imitándole bajé por todo su cuerpo hasta llegar a su pene el que lamí con devoción. Noté como su miembro se iba endureciendo en mi boca, agrandándose hasta parecer estar a punto de estallar, sentía su excitación en el velo de mi paladar, oía sus gemidos. Su cuerpo al igual que con el mío hacía unos minutos había ocurrido, también se tensó.
Me incorporé sentándome sobre sus caderas introduciendo su pene en mi vagina. Sentí como si una brasa penetrara en mí. ¡Qué sensación de ser poseída! Mis caderas empezaron a acompasarse al ritmo de su placer, sus manos se posaron en mis pechos estrujándolos con similar fuerza a la intensidad de su goce. La intensidad de mis movimientos se fue acelerando, él me miraba con ojos de devoción, de pasión, de deseo, de asombro. Yo no sé, no sé cómo lo miraba pero sí sé lo que sentía, no quería que aquello acabara nunca. Era una salvaje y heterogénea mezcla de sensaciones, amor, deseo, pasión, veneración, entrega y posesión. ¡Ay Dios cómo sentía su placer! Y yo era su diosa, el templo de su fervor. Explotamos al unísono, sentí como me llenaba con la miel de su ser. Los dos gritamos, era el último estertor de nuestra vehemente pasión, de nuestro lacerante deseo, de nuestro eterno goce, de nuestra entera y mutua entrega y posesión.
Me quedé mucho tiempo encima de él, mi boca en la suya. Acariciaba mi espalda, yo su cabeza, su rostro. Me comentaba lo placentero que era tenerme encima, hablaba de lo liviana que era, y de lo bonito que era sentir cada porito y parte de mi ser pegadito al suyo. De un salto me incorporé, fui al baño pero decidí no ducharme, quería conservar en mi piel los restos de nuestro sudor y dentro de mí su esencia de vida.
- ¿Te apetece un Jack Danniels con hielo a medias? –le pregunté-
- No hay nada mejor que me hubieses podido ofrecer que eso. –me contestó-
Miré el reloj, eran las tres de la madrugada, me quedé sorprendida, habíamos estado más de dos horas amándonos. Hubo otra cosa que me extrañó muy agradablemente y fue el hecho de no sentir vergüenza al pasearme desnuda delante de él. Nunca con ningún hombre había sentido la misma confianza y tan sólo hacía 12 horas que lo conocía. Vertí el whisky en un vaso.
- ¿Cuántos hielos quieres Carlos?
- Me da igual, pero si puede ser solamente dos
- Perfecto para mí también, serán dos hielos.
Se incorporó en la cama sentándose con la espalda apoyada en la cabecera. Yo me senté descansando mi espalda en su pecho, le cedí el primer trago.
- Prefiero que seas tú la primera en beber, porque yo quiero beberlo de tu boca.
- Me parece perfecto –y así lo hicimos bebimos el uno de la boca del otro-
- Eres preciosa Virginia. No estoy seguro de que todo esto no sea más que un sueño del que lamentablemente pronto despertaré.
- Estamos en lo mismo Carlos, también yo tengo esa sensación, porque realmente esto ni en mis más locas fantasías podría haberlo imaginado.
- ¿Quién eres Virginia? ¿Acaso mi hada que ha venido a mí para mostrarme la mujer que siempre soñé?
- ¿Y quién eres tú Carlos? ¿Dónde has estado escondido durante tantos años?
- Hola amor, yo soy tu lobo y quiero tenerte cerca para comerte mejor –me cantó y nos echamos de nuevo a reír.
- No Carlos, de verdad, pongámonos un poco serios y por favor dime quién eres, a qué te dedicas, pero sobre todo, dime lo que buscas en la vida. En estos momentos para mí eso es lo más importante
- Vale, me pongo serio. ¿Qué busco en la vida? Puede que realmente no lo sepa, tal vez me esté buscando a mí mismo, pero también es probable que me dé miedo encontrarme.
- ¿Miedo porqué? –le pregunté mientras acariciaba dulcemente su cabello-
- Miedo porque tal vez no me guste lo que halle. Tal vez me dé cuenta de que todo lo que en mi existencia he hecho hasta ahora no haya valido la pena. Miedo a darme cuenta de que hasta ahora he estado haciendo las cosas que realmente ni quería ni me correspondía. Miedo a comprobar que haya estado realizando la vida que otros han diseñado para mí. Miedo a no ser capaz de iniciar una nueva singladura que me lleve a lo que verdaderamente soy y quiero..
- No sé si lo entiendo del todo pero sí sé que te comprendo. Tal vez yo me encuentre en una situación similar a la tuya, la de creer que tampoco he vivido mi propia vida hasta ahora. Carlos ¿crees en el destino y cosas por el estilo, piensas que siempre que una persona se cruza en tu camino es por algo? Porque fíjate, nos hemos conocido hace unas horas en un café de Praga, siendo que tú eres español y yo peruana. Pero eso no es lo más extraño de todo, ni mucho menos, lo sorprendente es que haya sido yo la que te he besado por primera vez. Nunca lo hubiese podido imaginar. Lo maravillosamente curioso es que parezca, ese cuando menos es mi sentir, que nos conociéramos de siempre, como si estuviéramos predestinados a coincidir y que ese hecho fuera ineludible. ¿Qué extraña fuerza nos ha hecho coincidir Carlos?
- ¿Sabes Virginia? Me está viniendo a la cabeza una canción de Julio Iglesias que dice: que no se rompa la noche, que no llegue la madrugada. –me cantó mirándome de nuevo con los ojos acuosos- Quiero decirte algo que puede que te parezca una exageración o tontería.
- Dime Carlos, ¿qué quieres decirme? Dímelo por favor, sea lo que sea
- Te quiero Virginia, te quiero mi ángel, y ojala esta noche nunca tuviera fin. No sé si es un sueño o es la realidad, pero en todo caso sería un sueño hecho realidad. No quiero que esto acabe nunca.
- Te quiero Carlos, te quiero con toda mi alma a pesar del poco tiempo que hace que nos conocemos. Tampoco yo quiero que la noche se rompa y acabe, quiero que sea eterna a tu lado. Por favor amor mío, abrázame y no permitas que nada ni nadie pueda arrebatarnos esta noche que siempre será tu noche y la mía.
Más que pegarme me incrusté en su pecho, le pedí que me abrazara y lo hizo con tanta intensidad que pensaba podía partirme en dos. Lo besé, lo besé como nunca había besado a nadie, ni creo que nunca lo pueda volver a hacer, y sin saber porqué… empecé a llorar. Eran lágrimas de amor, de emoción, de dolor, de miedo a perder aquello que ni soñaba poder alcanzar. Nunca había experimentado semejante felicidad, nunca me había sentido tan plena y llena de mí misma, nunca nadie hizo que tuviera de mí semejante percepción de ser una mujer y al mismo tiempo una niña.
Carlos besó mis lágrimas, me abrazó más fuertemente y noté que también él lloraba. No sé cuando fue, pero al final nos quedamos dormidos abrazados, yo sobre su pecho, ¡Cómo latía su corazón! ¡Cómo temblaba el mío! Al final pienso yo que se acompasarían, o por lo menos es lo que me hubiese gustado que ocurriese. Tal vez ocurrió, en esa noche de magia, y procuró que el sueño nos venciera después de haber sido conquistado por la paz de nuestros espíritus.
Seguía dormido plácidamente, parecía un niño. Volví a besar suavemente sus labios. Miré mi reloj, eran las 7:15 de la mañana. Calculé que apenas había dormido un par de horas. Decidí levantarme, ducharme y estar perfectamente fresca y dispuesta a todo lo que Carlos pudiera querer cuando despertara. Me propuse hacerlo tremendamente feliz ese día, el segundo que íbamos a estar juntos en nuestra vida. Me levanté y entré en la ducha. Al sentir el chorro de agua caliente sobre mi piel me volví a excitar recordando nuestra noche de placer, entrega y pasión. Cómo deseé ser de nuevo amada por Carlos. Esperaré a que despierte, desayunaremos en la cama y luego estaremos toda la mañana, y si es necesario todo el día, haciendo el amor –me dije a mí misma- Rodeé mi cuerpo con una toalla y salí de la ducha. Decidí dejarme el cabello sin secar, que lo fuera haciendo por sí mismo poco a poco. Hacía mucho tiempo que no obraba así, mi cabello era sagrado, pero estaba totalmente convencida de que a Carlos le iba a encantar con el pelo enmarañado.
Me miré al espejo, me vi guapa, mi cutis tenía un brillo especial ¿Será verdad que a las mujeres
se nos nota cuando hemos sido bien amadas y hemos disfrutado de buen sexo? Reí yo sola como una tonta, estaba convencida de que si apareciera en esos momentos por la recepción del hotel, todo el mundo que me viera no tendría la menor duda de que había disfrutado de una noche de intenso placer. Me meteré otra vez en la camita, acurrucada a mi Carlos, trataré de dormir un poquito y esperaré a que despierte, ojala yo siga durmiendo cuando ocurra y sienta sus caricias medio dormida, qué bonito será iniciar el día sintiendo su boca en mi piel.
Sonó el celular, me extrañó recibir una llamada a esas horas de Perú, allí eran más o menos la 1:30 de la noche. Contesté, ¡qué!.../… ¡cómo!.../… ¿realmente es tan importante?,.../… no, no me podéis hacer esto y precisamente hoy…/… está bien, no os preocupéis, voy para allá. ¡JODER! Tenía que partir urgentemente para New York. A las 8:45 me esperaba en el aeropuerto de Praga un jet privado que me llevaría a Londres en dos horas. Exactamente llegaría a las 9:45 GMT (horario de Londres) A las 10:30 otro jet privado me conduciría hasta New York.
No tenía tiempo para nada que no fuera vestirme y preparar rápidamente la maleta. No sabía si despertar a Carlos. Me daba miedo, no sabía cómo explicarle que tenía que partir urgentemente. ¿Qué pensaría de mí? ¿Se enfadaría? No quería perderlo, no quería irme pero no me quedaba otra opción. Decidí dejarle un pequeño mensaje:
Lo siento amor mío pero he tenido que salir urgentemente para New York, ya te contaré. TE AMO VIDA MÍA, no quiero perderte, por favor búscame ven por mí. Te dejo mi número de celular, es un teléfono estadounidense, así que el prefijo del país es 01. Amor no dejes de llamarme, te explicaré todo, mañana puedes estar en NY a mi lado, no te preocupes por los gastos del vuelo, te enviaré un coche que te vaya a buscar y directamente te llevará al aeropuerto para que hagas la misma ruta que yo, Praga-Londres-NY. No necesitas ningún pasaje ni tampoco te preocupes por el visado para entrar en EE.UU. si no lo tienes, no te será necesario, viajarás en jet privado como miembro de embajada, lo solucionaré todo para que así sea. He dejado pagada ya en el hotel la cuenta hasta mañana, no quiero que te muevas de ahí, deseo que sigas entre las mismas sábanas que han sido testigo de nuestro amor y pasión, no permitas que las cambien. Te quiero amor mío, te quiero, por favor, te lo suplico, no dejes de llamarme y perdóname el no estar cuando despiertes. TE AMO, ERES EL HOMBRE QUE SIEMPRE HE SOÑADO.
Plegué la nota con un simple doblez, me quité el collar de oro blanco y perlas que llevaba puesto y lo puse dentro del mensaje. Me vestí apresuradamente, hice la maleta más rápidamente aún si cabe. No podía mirar a Carlos, si lo hiciera me metería de nuevo en la cama junto a él y no haría el viaje a NY, pero sabía que eso era realmente lo que nunca debía hacer. Antes de salir de la habitación, volví a mirarlo, seguía serenamente dormido. Me acerqué y con cuidado de no despertarlo volvía a besar sus labios.
El coche ya me estaba esperando cuando llegué a la recepción, di instrucciones para que estuvieran atentos para cuando despertara Carlos y le subieran el mejor desayuno del que dispusieran. Salí, entre al coche que me transportaba al aeropuerto, me senté y lloré, lloré y lloré como nunca jamás había llorado.