martes, 24 de abril de 2012

La Conquista del Paraíso - Capítulo IV - Hace tres años - Virginia (Praga)


La Conquista del Paraíso

Capítulo IV


Hace 3 años

Virginia - Praga

                Desperté. Carlos dormía plácidamente, su cabeza adornada por su cabello entrecano que tanto me gustaba, descansaba sobre su brazo derecho medio encogido mientras apoyaba su brazo izquierdo en mis pechos.

                Temí moverme demasiado por miedo a despertarlo, observé la paz que su rostro reflejaba. Había sido un casual encuentro en el café Franz Kafka, bonita tarde descubriendo juntos Praga, ajetreada cena  bebiendo cerveza cantando canciones españolas en compañía de estudiantes españoles. Apasionante noche de amor, placer, confidencias, entrega y miedo

               Lo seguí observando intentando vislumbrar a través de sus reflejos gestos algo de su personalidad, esa que tenía oculta, esa que temía sacar a la luz y mostrar a todo el mundo; esas circunstancias de su vida que con tanto ahínco probablemente mantenía dentro de su ser en una incesante lucha consigo mismo, pugnando a veces por desterrarlas de su memoria, otras, por sumergirse en ellas y soñar que fueron ciertamente las que él deseó.

                Me giré poniéndome de costado, mi cara frente a la suya, acaricié su cabello, su frente, sus cejas, sus mejillas, con mucha suavidad, con mucha dulzura, era lo que él me inspiraba. Tímidamente besé sus labios, no quería despertarlo pero por otro lado anhelaba  que lo hiciera, oír de nuevo su voz susurrándome al oído excitantes palabras de deseo, ansiaba ardientemente volver a sentir como su boca recorría todo mi cuerpo, como encendía cada poro de mi piel hasta hacerme temblar de placer enajenándome la razón.  Quería volver a sentir su pene dentro de mí, volver a vivir esa manera suya tan especial de amar en la que se mezclaban al unísono tan desmedida  pasión, tan violento  deseo, esa tan constantemente presente tremenda dulzura suya.

            Recordé su azoramiento cuando lo besé y no pude evitar sonreír al mismo tiempo que volvía a besar sus labios.  Nunca sabré el porqué de mi reacción, el porqué de besarlo, desde luego era la primera vez que hacía algo parecido, yo siempre tan correcta, tan predecible, tan en mi lugar.  No sé, tal vez fuera el hecho de haber cumplido 35 años y sentir que nunca en mi existencia  había hecho algo extraordinario, algo que no fuera lo esperado de mí. Tal vez fuera, como le comenté, por la ternura con la que me miró, nunca me habían mirado así, los hombres siempre que lo hacían era con miedo, como si de antemano supieran de su fracaso en el intento de conseguir mi atención.
            
              Después de tomar dos Jack Danniels nos levantamos y fuimos a deambular por las calles de Praga. Recorrimos Malá Strana admirando sus preciosos palacios, iglesias y plazas, atravesamos el puente Carlos disfrutando de la maravillosa música que los músicos callejeros interpretaban.  Fue allí, en el Puente Carlos donde me enganché de su brazo y lo volví a besar apoyando a continuación mi cabeza en su hombro.  Él cogió mi mano y dulcemente besó cada una de las yemas de mis dedos, cuanta dulzura en sus labios, cuanta veneración, cuanto cariño y ternura.

            

           También estuvimos en Hradčany, el barrio del Castillo, anduvimos por el callejón del Oro y la Alquimia donde durante unos años vivió Franz Kafka, también visitamos la Catedral de San Vito, al final desembocamos en Staré Město donde pudimos contemplar y admirar el ayuntamiento con su reloj astronómico, el más antiguo de Europa, por lo que casi se podría decir el más antiguo del mundo. Durante todo el trayecto seguí cogida de su brazo, apoyada en su hombro, él no cesó ya de besarme ahora en la frente, otrora en los labios, pero siempre con esa suave ternura que nunca había apreciado en ningún hombre.

      
          A pocos metros de la plaza Wenceslao nos topamos con el restaurante Bredovský Dvůr, la verdad es que ninguno de los dos habíamos almorzado por lo que estábamos, aunque las emociones nos había hecho olvidar nuestros estómagos, realmente hambrientos.  Curiosamente el camarero que nos atendió hablaba un perfecto español, le preguntamos y nos contó que durante dos años había estado trabajando en la Costa Brava, zona muy turística de España. Le pedimos que nos aconsejara, bueno más bien  se lo pedí yo,  Carlos puntualizó con muy buen acierto que no se propasara con la cantidad, que aunque éramos turistas ya llevábamos unas cuantas semanas en Praga.  Nos ofreció diferente tipos de costillas, cordero, cabrito, ternera, cerdo… y también pato.  Nos inclinamos por el pato y por supuesto, para beber, cerveza Pilsner Urquell de barril.

         Brindamos chocando nuestras jarras de cerveza con tanto ímpetu que casi la mitad del contenido se derramó sobre la mesa.  No pudimos menos que reírnos a carcajada abierta, de pronto Carlos se me quedó mirando fijamente a los ojos, los suyos casi acuosos, eres un ángel me dijo, a continuación me  besó de una manera  tan intensa y embriagadora que creí levitar. Cada vez me sorprendía más. Sé que soy una persona un poco autoritaria  que está acostumbrada a mandar y dirigir, a tomar decisiones, a ser yo la que en los restaurantes elije la comida y la bebida.  Generalmente suele molestar a los hombres por aquello del machito que siempre llevan dentro, pero a Carlos no parecía importarle lo más mínimo, no necesitaba de esas tonterías para hacerme sentir que indudablemente era él quien dominaba la situación, era él quien sin lugar a dudas presidiría y sería el punto de atención de cualquier reunión, tal era su personalidad, seguridad en sí mismo que demostraba  y aplomo.

         La comida era peor de lo esperado, la verdad es que el pato estaba demasiado seco para nuestro gusto.  Un grupo de estudiantes españoles de Erasmus irrumpió en el local, era fácil saber su nacionalidad dado el volumen de sus voces así como la alegría que llevaban en el cuerpo.  Se pusieron a cantar y sin la menor vergüenza nos sumamos a ellos.  No recuerdo las jarras de cerveza que pudimos tomarnos pero los dos teníamos la misma virtud, con cada jarra íbamos dos veces al baño, así que era fácil seguir bebiendo sin que afectara en demasía a nuestras facultades físicas y mentales.  Lo que sí recordaba con tremendo agrado era la risa de Carlos, cuando de pronto dejaba de reír y clavando su mirada en la mía me volvía a repetir que era un ángel y me besaba.   Al final terminamos en la misma mesa que el grupo de estudiantes, todos de pie con nuestros brazos rodeando los hombros del vecino, brindando con nuestras jarras de cerveza, riendo, cantando, abrazándonos, besándonos en las mejillas. Parecía que nos conociéramos de toda la vida, ¡qué feliz se le veía a Carlos! Y qué feliz me sentía yo a su lado.  Al final terminamos todos cantando Que viva España.

        Entre vítores, aplausos y vivas a España y Perú nos despedimos del grupo de estudiantes, por supuesto deseándonos mutuamente todos los parabienes del mundo y, cómo no, pidiéndonos que los invitáramos a nuestra boda.  Eran ya las once de la noche, una bella luna llena iluminaba las empedradas calles de la vieja ciudad de Praga creando fantasmagóricas sombras de las distintas torres que jalonaban la calle.  En el  entrante del primer portal que encontramos Carlos se detuvo, casi empujándome hizo que apoyara mi espalda sobre la puerta de madera al mismo tiempo que asiendo con fuerza mis manos entre las suyas y elevándolas por encima de mi cabeza como si me tuviera prisionera, me besó.

No era un beso como los anteriores llenos de dulzura, devoción y ternura, era un beso salvajemente apasionado.  Su lengua invadía mi boca, su boca sorbía mi saliva con voraz ansia.  Bajaron sus labios, su lengua a mi cuello. Como pudo separó mis collares y desabrochó mi blusa, en ese momento pensé, si eso me era posible dada la pasión y el deseo que yo también empezaba a sentir, que simplemente los iba a arrancar de mi cuello, al igual que los botones de la camisa, pero no, fue sorprendentemente rápido y cuidadoso en ello sin necesidad de romper nada. Su lengua avanzó hasta mis pechos, soltó una de mis manos y sentí cómo la suya recorría mi espalda y hábilmente desabrochaba mi brazier, lo deslizó hasta mi cintura y mis erectos pezones se ofrecieron a la pasión de su lengua.  Sentí como un fogonazo de placer en todo mi cuerpo que me recorrió desde la punta de los dedos del pie hasta mi nuca, nunca había sentido algo parecido, tan pronto besaba mi boca como lamía mis pezones, sus manos parecían ser media docena en lugar de dos, apretaban mis pechos, pellizcaban suave pero consistentemente mis pezones mientras al mismo tiempo los  lamía.

Sentí cómo desabrochaba mi cinturón, mis pantalones, cómo bajaba la cremallera y sus dedos se sumergían en el interior de mi empapada vagina.  Acariciaba mi clítoris, volvía a introducir sus dedos en mi interior, mientras no paraba de besarme, acariciaba mis pezones unas veces con su mano, otras con su boca. La intensidad de mi goce cada vez era más fuerte, creí chiflarme ante semejante demostración de pasión y deseo, me dejé llevar y definitivamente mi mente enloqueció, sentí que una corriente de diferentes y deleitantes sensaciones nunca antes vividas me atravesaba en todas las direcciones y sentidos conocidos e inimaginables.  Exploté, el orgasmo fue tan gratamente agresivo que sentí como si algo se rompiera en mi interior, o más bien como si de pronto se derrumbaran todas las barreras que hasta ese momento mi organismo había dispuesto, sin yo saberlo,  contra la libre expresión de mi placer.

Noté como sus dedos salían suavemente de mi interior y sus besos antes tan apasionados se tornaron suaves, sus manos y brazos pasaron de tenerme cautiva a tenerme acogida.  Nunca me había sentido tan mimada, cuidada y protegida. Acariciaba con tanta delicadeza mis mejillas, mis cejas, mi nariz, mi cuello, mis orejas… que me sentí como transportada a mi infancia.  Poco a poco nos fuimos serenando y nuestra respiración recuperando su cadencia normal. Durante una eternidad, así me lo pareció, nuestras miradas siguieron fija la una en la otra. Los ojos de Carlos lanzaban como si de volcanes se trataran, enardecidos destellos que escondían en sí todo lo que las palabras seguramente no serían capaces de expresar, amor, deseo, admiración, devoción, ternura.  Me hizo sentir su mujer, hembra en celo, pero también me hizo sentir su niña.

Durante más de una hora deambulamos por las desiertas calles de Praga, en realidad no sé si estaban desiertas pero lo que sí sé es que sentía que la ciudad estaba hecha esa noche sólo para nosotros dos.  Prácticamente no hablamos, él me llevó cogida de la mano, fuertemente estrechados mis dedos entre los suyos y continuamente acariciándome. Nunca hasta entonces había comprendido enteramente el verdadero significado de la frase: nunca hables a menos de que lo que vayas a decir sea mejor que el silencio. No necesitábamos de las palabras, ni siquiera de las miradas ni los besos, nuestro lento vagar entre aquellos centenarios edificios llenos de historia asidos de nuestras manos a través de las cuales sentíamos ambos mucho más de lo que simples vocablos pudieran transmitir, tal era la unión entre nosotros que en ese momento percibíamos que nos era imposible emitir el más mínimo sonido.

-          Quiero que vengas a mi hotel a dormir conmigo Carlos –le dije-
-          ¿Tienes un cepillo de dientes de sobras? –me preguntó-
-          Seguro que en hotel hay los que hagan falta, pero… no quisiera que te sintieras obligado a hacerlo

Me miró y esbozó una sonrisa que hasta ese momento no había visto en él. Una sonrisa que denotaba cierto grado de superioridad o, más bien, de mucha seguridad en sí mismo. La verdad me sentí halagada a la vez que protegida, sentí que nada malo me podría suceder a su lado.

-          Estoy deseando saber de los antojos de tu dormitorio mi niña –me contestó al mismo tiempo que dulcemente besaba la comisura de mis labios-
-          Entonces no hay más que hablar, busquemos un taxi y vayamos a nuestro  lecho de amor.

Los dos nos reímos a carcajadas, tanto fue el escándalo que armamos a media noche, que más de tres luces se encendieron en las ventanas no faltando algunas frases en tono duro que a pesar de ser lanzadas en checo, no me cabe la menor duda de que eran insultos. Vimos pasar un taxi por la esquina de la calle, por suerte, no podía ser de otro modo dado los aspavientos que hicimos para llamar su atención, nos vio. Montamos, “To Marriot please” le dije al taxista.  No podía ser otro el hotel, me comentó Carlos sonriendo. Lo besé.

En tan apenas tres minutos llegamos al hotel, no pensaba que estuviéramos tan cerca de él. Bajamos del taxi, entramos en el hotel recibidos por la atenta y para mi gusto demasiado servil, inclinación del portero deseándonos buenas noches.  Two hundred and twelve please, dije en recepción. Al montar en el ascensor los dos nos miramos con sonrisa pícara, había ascensorista, ganas nos dieron de salir y subir andando.

-          ¡Joder! –exclamó Carlos al entrar en la suite- Oye, ¿tú eres la hija de algún magnate de tu país o eres tú el magnate?
-          ¿Qué te ha traído aquí, mis caderas o mi posición social? –le dije parodiando la canción de Sabina-
-          Me ha traído aquí el embrujo de tu mirada, el hechizo de tus besos, el donaire de tu ser, la magia de tu placer, porque niña… me tienes embrujado –me dijo mientras me empujaba  haciendo que cayera sobre la cama y a continuación besándome de nuevo apasionadamente-

Me desabrochó la blusa quitándomela a continuación, luego el brazier con la habilidad que tan sólo hacía una hora había comprobado. Fui a quitarme los collares pero me pidió que no lo hiciera, tan sólo quiero que te quites la pluma –me dijo-. Volvió a sujetarme de las manos, aprisionándome de nuevo, su boca después de besar la mía buscando afanosamente mi lengua con la suya, comenzó a dibujar el mapa de mi piel.  Sentí como descendía por mi cuello y recalaba en mis endurecidos  pezones. Me seguía teniendo atrapada pero soltó una mano e introdujo sus dedos índice y corazón en mi boca, los mordí y como de un acto reflejo se hubiese tratado, él a su vez mordió suave pero intensamente mi pezón derecho. Sentí tal placer que no pude evitar morder sus dedos con fuerza, a lo que respondió aprisionándome más fuertemente mi mano y haciendo, si cabe,  más intensas sus bucales caricias en mi pezón.

Su lengua bajó recorriendo mi esternón, mis costillas, mi abdomen, mi ombligo, llegó a mi vientre donde por unos instantes se deleitó con más detenimiento. Siguió bajando hasta la imaginaria línea que la cinturilla del pantalón demarcaba, lo desabrochó y me lo quitó.  Continuó besando mis muslos, mis rodillas, mis pantorrillas, mis pies, los dedos de ellos.  Yo me dejaba llevar, entregándome sin miedo alguno a todo lo que él quisiera hacer conmigo.  Su lengua empezó a subir, de nuevo mis pantorrillas, mis rodillas, mis muslos, de pronto mis ingles.  Me bajó las bragas y me las quitó mientras volvía a recorrer de nuevo mis piernas con su boca hasta llegar una vez más a mis pies, volvió a subir y entonces sentí como su lengua lamía suave y rítmicamente mi clítoris.

Mi cuerpo se transformó en arco, el dardo era mi placer que a él entregaba.  Sentí cómo su lengua se introducía en mi vagina, cómo bebía de mi néctar, me sentí como la más bella de las flores libada por el más exquisito de los insectos voladores, o tal vez por un colibrí. Soltó mis manos que rápidamente dirigí a su cabeza, quería aprisionarlo entre mis piernas, mantenerlo hasta el final allí, libándome, bebiéndome, saboreándome.  Mis 169 cm de anatomía se tensaron al máximo como si un cable invisible lo abarquillara, mis piernas atraparon con fuerza sus hombros, mis manos su cabeza. El clímax llegó y la flecha de mi placer salió disparada hacia su boca y en ella se derramó.

Volvió a las dulces caricias y a tratarme como si fuera una niña,  suavemente rodeó mis hombros con su brazo mientras acariciaba mi cabeza, mis hombros, mis brazos, mis piernas, todo serenamente, mientras besaba tiernamente mis labios. No duró mucho esa situación ya que al poco sentí de nuevo un inmenso deseo de él.  Me puse encima suyo cuan larga era, lo besé jugueteando con mi lengua en su boca. Imitándole bajé por todo su cuerpo hasta llegar a su pene el que lamí con devoción.  Noté como su miembro se iba endureciendo en mi boca, agrandándose hasta parecer estar a punto de estallar, sentía su excitación en el velo de mi paladar, oía sus gemidos. Su cuerpo al igual que con el mío hacía unos minutos había ocurrido, también se tensó. 

Me incorporé sentándome sobre sus caderas introduciendo su pene en mi vagina.  Sentí como si una brasa penetrara en mí. ¡Qué sensación de ser poseída! Mis caderas empezaron a acompasarse al ritmo de su placer,  sus manos se posaron en mis pechos estrujándolos con similar fuerza a la intensidad de su goce. La intensidad de mis movimientos se fue acelerando, él me miraba con ojos de devoción, de pasión, de deseo,  de asombro.  Yo no sé, no sé cómo lo miraba pero sí sé lo que sentía, no quería que aquello acabara nunca.  Era una salvaje y heterogénea mezcla de  sensaciones, amor, deseo, pasión, veneración, entrega y posesión.  ¡Ay Dios cómo sentía su placer! Y yo era su diosa, el templo de su fervor.  Explotamos al unísono, sentí como me llenaba con la miel de su ser. Los dos gritamos, era el último estertor de nuestra vehemente pasión, de nuestro lacerante deseo, de nuestro eterno goce, de nuestra entera y mutua entrega y  posesión.

Me quedé mucho tiempo encima de él, mi boca en la suya. Acariciaba mi espalda, yo su cabeza, su rostro.  Me comentaba lo placentero que era tenerme encima, hablaba de lo liviana que era, y de lo bonito que era sentir cada porito y parte de mi ser pegadito al suyo. De un salto me incorporé, fui al baño pero decidí no ducharme, quería conservar en mi piel los restos de nuestro sudor y dentro de mí su esencia de vida.

-          ¿Te apetece un Jack Danniels con hielo a medias? –le pregunté-
-          No hay nada mejor que me hubieses podido ofrecer que eso. –me contestó-

Miré el reloj, eran las tres de la madrugada, me quedé sorprendida, habíamos estado más de dos horas amándonos.  Hubo otra cosa que me extrañó muy agradablemente y fue el hecho de no sentir vergüenza al pasearme desnuda delante de él.  Nunca con ningún hombre había sentido la misma confianza y tan sólo hacía 12 horas que lo conocía. Vertí el whisky en un vaso.

-          ¿Cuántos hielos quieres Carlos?
-          Me da igual, pero si puede ser solamente dos
-          Perfecto para mí también, serán dos hielos.

Se incorporó en la cama sentándose con la espalda apoyada en la cabecera.  Yo me senté descansando mi espalda en su pecho, le cedí el primer trago.

-          Prefiero que seas tú la primera en beber, porque yo quiero beberlo de tu boca.
-          Me parece perfecto –y así lo hicimos bebimos el uno de la boca del otro-
-          Eres preciosa Virginia. No estoy seguro de que todo esto no sea más que un sueño del que lamentablemente pronto despertaré.
-          Estamos en lo mismo Carlos, también yo tengo esa sensación, porque realmente esto ni en mis más locas fantasías podría haberlo imaginado.
-          ¿Quién eres Virginia? ¿Acaso mi hada que ha venido a mí para mostrarme la mujer que siempre soñé?
-          ¿Y quién eres tú Carlos? ¿Dónde has estado escondido durante tantos años?
-          Hola amor, yo soy tu lobo y quiero tenerte cerca para comerte mejor –me cantó y nos echamos de nuevo a reír.
-          No Carlos, de verdad, pongámonos un poco serios y por favor dime quién eres, a qué te dedicas, pero sobre todo, dime lo que buscas en la vida.  En estos momentos para mí eso es lo más importante
-          Vale, me pongo serio. ¿Qué busco en la vida? Puede que realmente no lo sepa, tal vez me esté buscando a mí mismo, pero también es probable que me dé miedo encontrarme.
-          ¿Miedo porqué? –le pregunté mientras acariciaba dulcemente su cabello-
-          Miedo porque tal vez no me guste lo que halle. Tal vez me dé cuenta de que todo lo que en mi existencia he hecho hasta ahora no haya valido la pena. Miedo a darme cuenta de que hasta ahora he estado haciendo las cosas que realmente ni quería ni me correspondía.  Miedo a comprobar que haya estado realizando la vida que otros han diseñado para mí.  Miedo a no ser capaz de iniciar una nueva singladura que me lleve a lo que verdaderamente soy y quiero..
-           No sé si lo entiendo del todo pero sí sé que te comprendo. Tal vez yo me encuentre en una situación similar a la tuya, la de creer que tampoco he vivido mi propia vida hasta ahora. Carlos ¿crees en el destino y cosas por el estilo, piensas que siempre que una persona se cruza en tu camino es por algo?  Porque fíjate, nos hemos conocido hace unas horas en un café de Praga, siendo que tú eres español y yo peruana. Pero eso no es lo más extraño de todo, ni mucho menos, lo sorprendente es que haya sido yo la que te he besado por primera vez.  Nunca lo hubiese podido imaginar. Lo maravillosamente curioso es que parezca, ese cuando menos es mi sentir, que nos conociéramos de siempre, como si estuviéramos predestinados a coincidir y que ese hecho fuera ineludible. ¿Qué extraña fuerza nos ha hecho coincidir Carlos?
-          ¿Sabes Virginia? Me está viniendo a la cabeza una canción de Julio Iglesias que dice: que no se rompa la noche, que no llegue la madrugada.  –me cantó mirándome de nuevo con los ojos acuosos- Quiero decirte algo que puede que te parezca una exageración o tontería.
-          Dime Carlos, ¿qué quieres decirme? Dímelo por favor, sea lo que sea
-          Te quiero Virginia, te quiero mi ángel, y ojala esta noche nunca tuviera fin. No sé si es un sueño o es la realidad, pero en todo caso sería un sueño hecho realidad. No quiero que esto acabe nunca.
-          Te quiero Carlos, te quiero con toda mi alma a pesar del poco tiempo que hace que nos conocemos.  Tampoco yo quiero que la noche se rompa y acabe, quiero que sea eterna a tu lado. Por favor amor mío, abrázame y no permitas que nada ni nadie pueda arrebatarnos esta noche que siempre será tu noche y la mía.

Más que pegarme me incrusté en su pecho, le pedí que me abrazara y lo hizo con tanta intensidad que pensaba podía partirme en dos. Lo besé, lo besé como nunca había besado a nadie, ni creo que nunca lo pueda volver a hacer, y sin saber porqué… empecé a llorar. Eran lágrimas de amor, de emoción, de dolor, de miedo a perder aquello que ni soñaba poder alcanzar.  Nunca había experimentado semejante felicidad, nunca me había sentido tan plena y llena de mí misma, nunca nadie hizo que tuviera de mí semejante percepción de ser una mujer y al mismo tiempo una niña.

Carlos besó mis lágrimas, me abrazó más fuertemente y noté que también él lloraba. No sé cuando fue, pero al final nos quedamos dormidos abrazados, yo sobre su pecho, ¡Cómo latía su corazón! ¡Cómo temblaba el mío! Al final pienso yo que se acompasarían, o por lo menos es lo que me hubiese gustado que ocurriese. Tal vez ocurrió, en esa noche de magia, y procuró que el sueño nos venciera después de haber sido conquistado por la paz de nuestros espíritus.

              Seguía dormido plácidamente, parecía un niño. Volví a besar suavemente sus labios.  Miré mi reloj, eran  las 7:15 de la mañana.  Calculé que apenas había dormido un par de horas. Decidí levantarme, ducharme y estar perfectamente fresca y dispuesta a todo lo que Carlos pudiera querer cuando despertara.  Me propuse hacerlo tremendamente feliz ese día, el segundo  que íbamos a estar juntos en nuestra vida. Me levanté y entré en la ducha. Al sentir el chorro de agua caliente sobre mi piel me volví a excitar recordando nuestra noche de placer, entrega y pasión. Cómo deseé ser de nuevo amada por Carlos. Esperaré a que despierte, desayunaremos en la cama y luego estaremos toda la mañana, y si es necesario todo el día, haciendo el amor –me dije a mí misma- Rodeé mi cuerpo con una toalla y salí de la ducha. Decidí dejarme el cabello sin secar, que lo  fuera haciendo por sí mismo poco a poco.  Hacía mucho tiempo que no obraba así, mi cabello era sagrado, pero estaba totalmente convencida de que a Carlos le iba a encantar con el pelo enmarañado.

                Me miré al espejo, me vi guapa, mi cutis tenía un brillo especial ¿Será verdad que a las mujeres 
se nos nota cuando hemos sido bien amadas y hemos disfrutado de buen sexo? Reí yo sola como una tonta, estaba convencida de que si apareciera en esos momentos por la recepción del hotel, todo el mundo que me viera no tendría la menor duda de            que había disfrutado de una noche de intenso placer. Me meteré otra vez en la camita, acurrucada a mi Carlos, trataré de dormir un poquito y esperaré a que despierte, ojala yo siga durmiendo cuando ocurra y sienta sus caricias medio dormida, qué bonito será iniciar el día sintiendo su boca en mi piel.

                Sonó el celular, me extrañó recibir una llamada a esas horas de Perú, allí eran más o  menos la 1:30 de la noche.  Contesté, ¡qué!.../… ¡cómo!.../… ¿realmente es tan importante?,.../… no, no me podéis hacer esto  y precisamente hoy…/… está bien, no os preocupéis, voy para allá.  ¡JODER! Tenía que partir urgentemente para New York. A las 8:45 me esperaba en el aeropuerto de Praga un jet privado que me llevaría a Londres en dos horas.  Exactamente llegaría a las 9:45 GMT (horario de Londres)  A las 10:30 otro jet privado me conduciría hasta New York.

                No tenía tiempo para nada que no fuera vestirme y preparar rápidamente la maleta. No sabía si despertar a Carlos. Me daba miedo, no sabía cómo explicarle que tenía que partir urgentemente.  ¿Qué pensaría de mí? ¿Se enfadaría? No quería perderlo, no quería irme pero no me quedaba otra opción.  Decidí dejarle un pequeño mensaje:
                
               Lo siento amor mío pero he tenido que salir urgentemente para New York, ya te contaré.  TE AMO VIDA MÍA, no quiero perderte, por favor búscame ven por mí.  Te dejo mi número de celular, es un teléfono estadounidense, así que el prefijo del país es 01. Amor no dejes de llamarme, te explicaré todo, mañana puedes estar en NY a mi lado, no te preocupes por los gastos del vuelo, te enviaré un coche que te vaya a buscar y directamente te llevará al aeropuerto para que hagas la misma ruta que yo, Praga-Londres-NY.  No necesitas ningún pasaje ni tampoco te preocupes por el visado para entrar en EE.UU. si no lo tienes, no te será necesario, viajarás en jet privado como miembro de embajada, lo solucionaré todo para que así sea.  He dejado pagada ya en el hotel la cuenta hasta mañana, no quiero que te muevas de ahí, deseo que sigas entre las mismas sábanas que han sido testigo de nuestro amor y pasión, no permitas que las cambien.  Te quiero amor mío, te quiero, por favor, te lo suplico, no dejes de llamarme y perdóname el no estar cuando despiertes.  TE AMO, ERES EL HOMBRE QUE SIEMPRE HE SOÑADO.
                
                  Plegué la nota con un simple doblez, me quité el collar de oro blanco y perlas que llevaba puesto y lo puse dentro del mensaje.  Me vestí apresuradamente, hice la maleta más rápidamente aún si cabe. No podía mirar a Carlos, si lo hiciera me metería de nuevo en la cama junto a él y no haría el viaje a NY, pero sabía que eso era realmente lo que nunca debía hacer.  Antes de salir de la habitación, volví a mirarlo, seguía serenamente dormido. Me acerqué y con cuidado de no despertarlo volvía a besar sus labios. 
             
              El coche ya me estaba esperando cuando llegué a la recepción, di instrucciones para que estuvieran atentos para cuando despertara Carlos y le subieran el mejor desayuno del que dispusieran. Salí, entre al coche que me transportaba al aeropuerto, me senté y lloré, lloré y lloré como nunca jamás había llorado.

lunes, 23 de enero de 2012

La Conquista del Paraíso. Capítulo III Día 2. Marisol

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La Conquista del Paraíso


Capítulo III 


Día 2

MARISOL

                El sonido del acordeón de un vallenato sonó en mi mente, incitaba a bailar pero estaba demasiado dormida como para bailar en sueños. El ritmo fue aumentando al punto de no querer seguir soñando, abrí los ojos, no era un sueño era el sonido de mi celular.  Comprobé la hora, eran las 6:15 de la mañana, instintivamente contesté aún medio dormida
                Era un hombre quien al otro lado de la línea no paraba de decirme cosas bonitas, hablaba de mis manos, de mi boca, de mis cejas y ojos.  Que tenía los pies más bonitos del mundo, que le gustaba mi cuerpecito de palmito, mi risa, mi voz, que se iba a enamorar de mí.
                No lograba reconocer su voz, tan dulce, tan sensual y acogedora.  Me encantó besarte anoche, es lo más bonito que me ha ocurrido en la vida –dijo la cálida voz- entonces lo reconocí era Pablo.
-          Pero ¿qué haces levantado a estas horas?
-          Perdona Marisol si te he despertado pero no podía aguantarme más las ganas de hablar contigo, no he podido pegar ojo en toda la noche pensando en ti, de lo especial que fue besarte, de lo que me hiciste sentir.
-          Muchas gracias Pablo, para mí también fue muy bonito
-          ¿Te arrepientes de haberlo hecho?
-          Por Dios Pablo, para nada, además surgió sin planearlo, tal y como han de suceder las cosas buenas.
-          ¿Sabes Marisol?
-          Aja
-          Me gustaría ser ese agujero negro que sin remisión e inexorablemente atrapara Galaxia de tu ser. Ese agujero negro del que todos piensan en su oscuridad pero realmente está lleno de luz, esa luz que atrapa y no deja escapar, esa luz ahora fría que necesita del calor de cada una de las estrellas de la Galaxia de tu ser para así ser lo que deseo. Ese agujero negro que espera, una vez inmerso  tu ser inmerso en mí, explotar y expandir mi deseo como si cálida y cegadora luz fuera, durante tantos millones de años atrapada, por la anatomía de cada poro de tu piel.
-          Es muy bonito lo que dices, muchas Gracias Pablo –contesté aún atónita por todo lo bello que encerraban las palabras de Pablo, pero que no lograba entender su pertinencia- Ya Pablo, muchas gracias por llamarme, espero que tengas buen día juicioso.
-          Gracias a ti por permitirme escuchar tu linda voz de nuevo, hasta luego Palmito, que tengas un precioso día.
Era muy temprano todavía para levantarme, aún podía dormir más de una hora, pero ya no me era posible conciliar el sueño. Me había sorprendido la llamada de Pablo, el tono afectivo de su voz, las palabras, que a pesar de ser muy bonitas, me habían parecido excesivas y fuera de lugar.
Recordé lo sucedido apenas cinco horas antes, Pablo me había acompañado hasta el apartamento, llegados a la puerta del edificio noté cómo él me miraba embobado, los ojos acuosos, su respiración agitada, pasión  en las pupilas, los labios entreabiertos expresaban inequívocamente  el deseo de besarme.
Aún no sé porqué lo hice, pero el caso es que fui yo quien lo besó. Tal vez haya sido una especie de agradecimiento, me sentí un poco obligada a hacerlo.  Es siempre tan atento conmigo, siempre dispuesto a agradarme, siempre mirándome con esa expresión de admiración;  devoción sería el mejor término para definir la forma de la que Pablo siempre me observaba.  Algún día tendré que vencer esa costumbre mía de hacer las cosas más porque creo que debo que por de verdad desearlas. Pero creo que eso demuestra que soy una buena persona, no creo que mi actitud pueda hacer daño a nadie. Además soy así, jovial, alegre, espontánea, agradecida.
Eran ya las siete y media y decidí que lo mejor era bañarme  y así tener un tiempico para desayunar relajadamente.  Bajo el chorro de agua caliente empecé a frotar mi cuerpo. Soy flaca pero estoy muy bien proporcionada –pensé- mis senos a pesar de mis 38 años y dos hijos se mantienen erguidos y consistentes, tal vez por ser pequeños, tengo las piernas muy delgaditas, todo es pequeño en mí, como siempre dice mi madre: poquita cosa pero muy bonita de ver.  Recordé que Pablo me había llamado Palmito, ¿por qué sería? Se lo preguntaré.  Al enjabonarme el cuerpo por un momento pasó por mi cabeza, o tal vez por mi piel, el recuerdo de Víctor, era algo muy especial ducharse con él, masajear su cuerpo mientras él de espaldas a mí y apoyado con sus dos manos en la pared, tan confiada y relajadamente se entregaba a mis caricias.  De pronto me reí, es el único hombre que he conocido que no le gustaba que me metiera su pene en la boca, bueno a mí tampoco es que me guste demasiado, pero… -tengo que dejar de actuar así- lo hice porque creía que él lo merecía.
Salí de la ducha, me enrollé una toalla al cuerpo y salí al salón, Ángela ya estaba vestida y había preparado el desayuno, era muy responsable mi hija para tener tan sólo 17 años, nunca había necesitad de despertarla, acababa de entrar en la Universidad para estudiar Derecho. Como a diario tuve que entrar en la habitación de David, él seguía durmiendo a sus anchas, era un chico muy serio para sus 14 años, muy responsable al igual que su hermana, pero levantarlo de la cama era un suplicio – espero que cambie con los años- pensé
Abrí mi armario y como siempre me dije que tendría que dejar de comprarme tanta ropa, pero al fin y al cabo era el único capricho que me daba. No sabía qué ponerme aunque no me costaba mucho decidirme, opté por el jean de Girbaud que me había regalado Víctor, un top naranja y una camiseta larga de Diesel  color violeta y mis tenis a juego con la camiseta, violetas también.  Me vi bonita al mirarme al espejo, poquita cola pero bien puesta. Me esperaba un día pesado de trabajo, pero estaba animada, la llamada de Pablo había potenciado mi ego y me sentía de maravilla.
Lunes 23 de enero, gracias a Dios no vivía en Bogotá y aquí  no había pico y placa, dejé a David en el bar de mi madre, no quería que se quedara todo el día sólo en casa, Ángela se venía conmigo a la oficina, estaba haciendo prácticas en la empresa en que yo trabajaba. Era un poco pesado ir todos los días a visitar y ayudar a mi madre y mi hermano, sobre todo por vivir a unos kilómetros, pero me sentía más libre e independiente teniendo el apartamento en la misma ciudad donde trabajaba, aunque tuviera 20 minutos de trayecto hasta el  bar de mi madre, trayecto que por lo menos hacía dos veces al día ida y vuelta.
Llevaba ya cuatro años trabajando para esa empresa, empecé la carrera universitaria con 26 años, teniendo ya a Ángela y David y viviendo con Enrique. La terminé a los 31 años, primero trabajé en Bogotá, era la mejor ciudad para encontrar trabajo sobre todo recién terminada la carrera, y aunque fue un gran sacrificio para mí, ya que todos los fines de semana –sábado por la tarde y domingo- me desplazaba a Suaica, también mi esfuerzo fue premiado al encontrar enseguida una empresa que me contratara.  Estuve en tres empresas realizando trabajos por debajo de mi cualificación académica hasta que me ofrecieron trabajo en la actual, una cooperativa agraria en la que ejerzo la función de jefe de contaduría, lo que además de estar más acorde con mi carrera, me permite estar al lado de mi familia.
También he de reconocer que mis estudios universitarios y mi trabajo en Bogotá lejos de Suaica, acabó con la relación de pareja que tenía con Enrique.  Me enamoré de un compañero de la Universidad y una vez acabados los estudios seguimos manteniendo la relación, era muy fácil hacerlo, yo vivía en la capital lejos de los míos, todo era trabajar y trabajar, en principio no quería continuar la relación con Horacio,  pero cedí a sus propuestas y compartimos apartamento y vida de entresemana.  Recuerdo  lo enamorada que estuve de él, lo que lo deseé y el daño que me hizo. Aún de vez en cuando me llama para decirme que sigue enamorado de mí y que no ama a su esposa, a veces le cojo el teléfono y otras no, me cansa su actitud llorona y suplicante, además… ¿acaso no recuerda que me puso los cachos todo lo que se le antojó?
Yo quería mucho a  Enrique, lo amaba, pero él no me hacía ni caso, siempre me dejaba sola y se iba con los amigos, tal vez lo aburría.  La primera vez que vi a Horacio sentí hasta repugnancia por él, dado lo presuntuoso y engreído que era, pero dicen que no hay nada más cerca del amor que el odio, y como una tonta pasé a ser una más de las tantas mujeres que iban detrás de él.  No si al final va a ser verdad lo que en cierta ocasión me dijo Víctor, que me gustaba que  me trataran como a una mierda.
Bajé del auto para dejar a David y de paso tomarme un tintico con mi madre y mi hermano que lo vi muy animado hablando con el español de la moto que tan descaradamente me había mirado el día anterior.  Tenía una edad incierta, alto, bien proporcionado, no se podía decir que fuera guapo, tal vez sí atractivo, pero el adjetivo que más le cuadraba era el de interesante. Tenía el pelo gris pero no del todo, como con mechas, daba la sensación de que lo llevaba tintado.  Los ojos marrones y la mirada entre inocente y pícara. Me fijé en  sus manos que tanto usaba para expresarse, eran bonitas no demasiado fuertes, más  bien pequeñas para ser hombre, pero muy bien proporcionadas.  Su voz era agradable y, a pesar de ser español no era grosero hablando, exceptuando, cómo no, los continuos “joder” que cada dos por tres soltaba en cada frase.
Me pregunté qué haría allí, en un pueblo tan perdido de la mano de Dios, qué buscaría, a qué se dedicaría, ¿estaría casado o soltero?  La conversación con mi hermano era sobre fútbol –estos hombres sólo saben hablar de eso y de mujeres-  Manuel encantado de que le contaran cosas de su Barça aunque, como le oí decir, el español era del R. Madrid.
Carlos, ese era por lo visto su nombre o por lo menos por el que le llamó mi hermano, se quedó mirándome como el día anterior, fijamente a los ojos después de repasarme de arriba abajo, no era una mirada de esas que te desnudan, por lo menos despojándote de la ropa, pero sí de esas que te miran dentro del alma, como queriendo descubrir todo lo que hay en ti. Me hizo sentir incómoda, desvié mi mirada y centrándola en el tintico le pregunté qué tal había descansado.  Él seguía mirándome intensamente, confiado en que yo volvería a mirarle a los ojos. No iba de prepotente pero se le veía mucha seguridad en sí mismo. Preferí volver a mirarlo a los ojos, me incomodaba menos, por lo menos estaríamos en igualdad de condiciones. Cuando volví mi mirada hacia él, una leve sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios. ¡Será imbécil y creído el español de mierda! La culpa la tengo yo por mirarle.
Acabé de tomarme el tintico, le di un beso a David y me despedí de todos con un movimiento de mano. Hasta luego Marisol, me alegro de volver a verte, me dijo a modo de despedida el español. ¿Cómo habrá sabido mi nombre? Imagino que mi hermano o mi madre se lo habrán dicho, pero… eso significaría que había preguntado por mí.
Sentí cierto remordimiento, estaba pensando en el español y para nada, desde que me levanté,  había vuelto a pensar en Pablo, me sentí mal conmigo misma, al fin y al cabo era yo quien lo había besado y él me había brindado esas bonitas palabras al amanecer. No tendría que haberlo besado, creo que ha sido un error. Pero es tan bonito conmigo, me mira de esa manera.  La verdad es que no recordaba con demasiada pasión el beso. Sí había sido un bonito beso, muy dulce por su parte, pero la verdad es que no me hizo sentir mariposas en el estómago.
Llevaba ya más de dos meses sin saber lo que era el beso de un hombre, necesitaba sentirme de nuevo deseada, pero no amada ni querida, no quería tanta responsabilidad, quería divertirme, amigas, rumba, risas.  Disfrutaba de mi trabajo, de la compañía de mis amigas, también de la de Pablo cuando a diario nos esperaba en el bar de mi madre y se sentaba con nosotras invitándonos a un trago, me caía muy bien, pero no era ni mucho menos amor, ni siquiera atracción, lo que sentía por él, simplemente me era agradable, nada más.  No tendría que haberlo besado. No sabía  cómo iba a reaccionar cuando por la tarde lo viera de nuevo en el bar, pero la verdad es que esos momentos para nada me apetecía volver a verlo, por lo menos tan pronto.  Seguro que nuestra relación cambiaría a peor, ya no me iba a sentir tan libre con él como me había sentido siempre.  Ya veremos, ahora a trabajar que es de lo que vivo y la universidad de Ángela es cara.
Nada más llegar a la oficina, como de costumbre, lo primero que hice fue prepararme un tintico, me senté en mi despacho con él en la mano y mentalmente empecé a planificar mi día de trabajo.  El 31 tenía que presentar todos los datos de facturación y para colmo el programa informático, como siempre, estaba dando fallos. Ayer, a pesar de ser domingo, estuve parte de la mañana y casi toda la tarde trabajando, almorcé lo que mi madre me preparó sentada en mi despacho y sin parar de trabajar.  No me importaba trabajar de vez en cuando en fin de semana, me sentía bien sola en la empresa, podía estar a mis anchas sin que nadie me interrumpiera. Me gustaba mi trabajo, a veces pensaba sacarme la licencia y montar mi propia empresa de contaduría y asesoría de empresas, pero nunca me había decidido a hacerlo, al fin y al cabo tenía un trabajo seguro, me sentía muy valorada y el sueldo, 2.500.000 de pesos, era muy superior a la media. Mi hija estaba en la universidad y no era el momento de correr riesgos, necesitaba un trabajo seguro que me proporcionara estabilidad financiera. Pero… si no creaba mi propia empresa con 38 años ¿cuándo entonces lo iba a hacer?
¡MARISOL! Olvídate de tu empresa, de Pablo y del español y dedícate a trabajar que te queda mucho para terminar la presentación de la facturación –me dije a mí misma- y haciéndome caso me puse a trabajar, cotejando y cuadrando todas las cuentas.  Como me temía el sistema falló y tuve que registrar de nuevo todas las facturas de proveedores del último trimestre del año pasado.  Me esperaba un duro día, con un poco de suerte terminaría tarde y agotada y así tendría excusa, aunque fuera ante mí misma, para no  quedarme demasiado tiempo en el bar.  No me apetecía volver a ver a Pablo, por lo menos en una temporada.
Me preparé otro tintico y mientras lo tomaba entré en la página de contactos donde había conocido a Víctor, de vez en cuando lo hacía. No es que sintiera demasiado por él, fui yo la que rompió la relación, pero… no sé… me daba cierta satisfacción la posibilidad de sentir algo de dolor si lo veía apuntado de nuevo en esa página.  Sí, de vez en cuando lo añoraba pero siendo sincera, nunca lo quise.
Seleccioné búsqueda avanzada, país España, provincia Zaragoza, edad entre 50 y 55 años, altura entre 175 y 180, complexión normal, pelo gris, última entrada menos de una semana.  Ante mi aparecieron 29 perfiles, los empecé a revisar uno por uno, deteniéndome con más atención en los que no tenían foto, los otros era obvio que no le correspondían a él.  Me llamó la atención un nick: Especulador_de _sueños; con toda probabilidad era él. Edad 50 años, -siempre se quitaba- pero no hubo nada más en el perfil que me indicara a ciencia cierta que fuera él, aunque por el nick no me extrañaría lo más mínimo, siempre los usaba muy especiales, yo lo conocí como de hacedor de deseos.
No sabía qué hubiese preferido, si encontrarlo o no. En caso de hallarlo me hubiese producido cierta sensación de celos pero al mismo tiempo también de orgullo el hecho de que aún siguiera buscando. El hecho  de que no estuviera en las páginas podía significar que o bien no estaba buscando a nadie, lo cual realimentaba mi vanidad, me hacía sentir insustituible, o bien ya había iniciado una nueva relación tal vez en su país. Aunque a mí misma me dijera que en realidad ya no me importaba no era cierto del todo, un poquito aún se me movía el corazón, lo que no sabría decir era si por una pizca de amor residual, por orgullo, por vanidad, o por qué.

Basta ya de perder el tiempo me dije, apuré el tintico y me puse a trabajar, tenía ganas de terminar, no me apetecía estar ese día demasiado tiempo en la oficina pero sabía que tranquilamente me darían las 7 de la tarde. Aún me quedan 8 horas y creo que podré terminar todo.

Juan Carlos Pintos
Continuará…
Música para este capítulo:
http://www.youtube.com/watch?v=JLopZv_rx2o  Lay Back in the Arms of Someone.  Smokie


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sábado, 14 de enero de 2012

La Conquista del Paraíso. Capítulo II Día 2. Carlos (Virginia)

La Conquista del Paraíso


Capítulo II


Día 2

CARLOS
            Eran las 6:05 de la mañana cuando el sol que entraba a raudales por la ventana de la habitación me despertó.  No terminaba de acostumbrarme a la casi idéntica duración del día y la noche que existe en la zona ecuatorial.  Encendí el ordenador, estábamos a 23 de enero, hacía justo tres meses que había partido de España.
                Aterricé en Cancún, en el estado de Quintana de Roo de México.  Quise empezar por esa ciudad en parte por recorrer todo lo que era América Latina empezando desde el norte, pero sobre todo porque era el puerto donde más fácil podía enviar mi moto desde España, en otros países era mucho más complicado, aparte de que no existían compañías marítimas que tuvieran puertos de desembarco apropiados estaban los inconvenientes legales para importar la moto. Con México no tuve ningún problema.
                México, Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y finalmente Colombia que es donde en estos momentos me encontraba. Procuré siempre que fue posible seguir el camino de la costa, en total casi 5.000 Km., hasta Cartagena de Indias que fue la primera ciudad importante que visité en Colombia y que por cierto me encantó, allí estuve varios días.  Ahora estaba unos cientos de kilómetros en el interior, en ese pueblecito llamado Suaica y en donde algo me decía que en él iba a encontrar la razón de este peregrinaje por tierras americanas, la razón y consecuencia de mi vida.
                Retrocedí mentalmente al pasado tratando de encontrar las claves que explicaran mi huida a Latinoamérica, ese afán por iniciar una nueva vida lejos de todo lo conocido, de todo lo que me recordara o relacionara con mi pasado.  En muchas ocasiones pienso que le tengo miedo al fracaso, que no soy capaz de admitirlo y a veces me enfrasco en batallas por conquistar algo que en realidad no quiero, simplemente por el hecho se sentirme triunfador. Como me dijo en tiempos Carmen, mi psicóloga de cabecera, soy demasiado competitivo.
                Recordé a Virginia, ella fue la mujer gracias a la cual América entró en mi corazón.  Nos conocimos en Praga, de eso hacía ya tres años, cómo pasa el tiempo, tenía por aquél entonces 46 años.  Hacía una primaveral tarde de un primero de marzo, yo llevaba unos días en la ciudad de turismo, bueno más bien en la búsqueda eterna de mí mismo. Siempre había tenido deseos de conocer la Imperial ciudad de Praga.  Después de pasear por sus calles, parándome de vez en cuando a escuchar la bella música que los numerosos artistas anónimos y espontáneos arrancaban de sus instrumentos, crucé el puente Carlos en honor al monarca Carlos IV que lo mandó construir en 1357, me senté en la terraza del café Franz Kafka, escritor que curiosamente no tomaba café ya que lo consideraba nocivo para la salud.
                Estaba tranquillo, no pensaba en nada, con la mente totalmente en blanco gozando del tímido sol aún invernal que caldeaba mi rostro.  Con la mirada puesta en el infinito vi como una mujer se acercaba a la terraza y se sentaba en la mesa que justamente estaba a mi izquierda.  Me llamó la atención por su forma tan especial de moverse, con los pies como las dos menos diez por lo que presumí que tal vez fuese bailarina, parecía no andar, más bien vagar por la vida tal era el aire de despistada, o tal vez perdida, que denotaba su caminar.
                Yo estaba tomando un cappuccino demasiado pretencioso en su nombre ya que en realidad no pasaba de ser un café con leche normal y corriente.  Ella, al preguntarle el camarero en perfecto inglés, imagino que pensó que era de esa nacionalidad aunque personalmente hubiese apostado por que su origen era más bien de los países nórdicos, qué deseaba tomar, se quedó mirando hacia mi mesa y en perfecto italiano pero con un acento sudamericano que no supe detectar de qué país, pidió también un cappuccino.
                No pude más que mirarla y al mismo tiempo que llevaba mi mano al ala de mi sobrero e inclinaba mi cabeza a modo de saludo, le sonreí.  Ella me sonrió también y me dijo gracias.   Era la sonrisa más refrescante que recordaba haber visto en mi vida. Amplia y generosa hacía que sus labios se entreabrieran, dejando ver unos dientes, que no demasiado blancos y algo irregulares, le conferían cierto aire travieso o más bien irreverente. Se le marcaban unas incipientes patas de gallo que aún le conferían más atractivo si cabe, al mismo tiempo que se marcaba más profundamente el hoyuelo situado en su barbilla.
                No fui capaz de calcular su edad, vestía de una manera muy formal, muy correcta, pantalones negros  de lana  de corte clásico, camisa de rayas azules y malvas, chaqueta sastre color cámel. Calzaba una especie de sandalias de invierno color miel, con varias y anchas tiras pespunteadas en hilo coral en todo su contorno que hacían su pie más esbelto, tacón cuadrado de unos 5 cm.  Pensé que bien podrían ser unas Fendi.  Más o menos 170 centímetros de altura, muy delgada pero no esquelética.  Rubia de cabello liso lucía una melena que le llegaba a los hombros ligeramente despeinada, rostro triangular, sus orejas proporcionadas y simpáticas lucían unos discretos pendientes de perla engarzada en lo que presumí debía ser oro blanco,  cejas muy fina que casi parecían ausentes debido a lo rubio de ellas,  ojos almendrados castaños tirando a verdosos, labios carnosos, pero lo que más me llamó la atención fue su nariz, tipo griega pero más ancha, en cierto modo recordaba la nariz inca, no encajaba con la blancura sonrosada de su piel ni con el oro de su cabello. No llevaba ni una pizca de maquillaje, ni tan siquiera color de labios o mascarilla en sus también finas y rubias pestañas.
                Cruzó sus piernas con mucha elegancia mientras con los dedos pulgar, índice y corazón de su mano izquierda asió el asa de la taza de café. Sus manos eran muy delgadas, largos y finos dedos rematados en unas uñas perfectamente cortadas a ras de la yema y pintadas simplemente con brillo.  No lucía ningún tipo de anillo en los dedos, pero sí seis o siete pulseras en su muñeca izquierda de diferentes tipos que tintineaban a cualquier movimiento de su mano. En la derecha lucía un Rolex Datejust de acero y oro everose. Acercó con delicadeza, como a  cámara lenta, la taza a sus labios y sorbió lentamente su contenido sin inclinar en ningún momento la cabeza ni apartar su mirada del infinito.
                Me fijé en los collares que colgaban de su esbelto cuello, uno étnico, otro de plumas y cuentas de diverso tamaño y color, y un tercero formado por delgadas barritas de oro blanco que, simulando pequeños troncos de árbol, a través de pequeños y alargados eslabones se unían a pequeñas perlas a juego con sus pendientes. Bajo los collares llevaba la camisa con solamente dos botones desabrochados, un poco por encima del canal de sus pechos que se antojaban pequeños, como de adolescente.  Del collar de plumas colgaba una pluma Etoile Mystérieuse de Montblanc en laca negra engastada con sus espectaculares 102 pequeños brillantes que simulaban la cúpula celeste, además de los 43 que adornaban el clip de plata. Este detalle de la estilográfica daba a  entender que era una mujer con recursos económicos acostumbrada a pequeños caprichos de discreto lujo, ya que no era muy normal llevar semejante artículo de escritura colgado despreocupadamente de su collar.
                Al igual que su incierta edad tampoco fui capaz de adivinar su profesión ni poder imaginar qué estaría haciendo sola en Praga, pero de lo que no me cabía la menor duda es que era una mujer muy atractiva e interesante. Su estilo sofisticadamente discreto y elegante al mismo tiempo que  bohemio le confería cierto halo de misterio. La miré sin disimulo alguno y por alguna extraña razón me excité. Empecé a fantasear con la imagen de su cuerpo entre mis brazos, ¿sería su piel lo suave que aparentaba? Imaginé sus pequeños pechos ¿cómo serían sus pezones, tal vez grandes o pequeños, cómo su aureola? Seguramente serían turgentes y vivos a la caricia. ¿Tendría vello en el pubis o iría rasurada? Casi sentí en la lengua la sensación de sus pezones al endurecerse, mentalmente recorrí su cuello con mi lengua, sus pechos, bajé por todo su abdomen y vientre hasta su vagina. Noté como real el sabor de su néctar, el dulce tacto de su clítoris. Percibí como sus presumiblemente delgadas piernas me atrapaban incitándome, casi obligándome a que entrara en ella, a que la amara apasionadamente, aprecié la presión de sus pies en mis pantorrillas…
                El sonido de su voz me sacó violentamente de la ensoñación
-          We´re you from?
-          From Spain, and you?
-          Yo soy peruana -me respondió-
Los dos nos echamos a reír espontánea y abiertamente, no podíamos parar, cuando lo conseguíamos nos volvíamos a mirar y retornaban nuestras carcajadas.  Desde las otras mesas situadas en la terraza nos miraban con cierto aire de desprecio, seguro que pensaban que los dos éramos españoles y como tal, escandalosos. Tranquilamente estuvimos más de dos minutos sin poder contener la risa, cuando por fin logramos calmarnos, le hablé
-          Habrás notado que no paraba de observarte, perdona, habrás pensado que soy un insolente desvergonzado, pero el caso es que estaba tratando de adivinar de qué nacionalidad eras –le mentí-.
-          Sí, me di cuenta de cómo me estabas observando y la verdad es que quise iniciar una conversación en parte para que dejaras de mirarme tan descaradamente, jajajaja
-          Siento de verdad si en algún momento te he molestado, no era mi intención
-          Tranquilo, no te preocupes, ha servido para iniciar una conversación.
-          Muchas gracias…, eres muy amable
-          Virginia, me llamo Virginia
-          Encantado Virginia,  soy Carlos. ¿Te importa que me siente a tu lado? –Arriesgué-
-         Para nada, pero si te parece casi mejor me paso yo a tu mesa, está más soleada y me encanta el sol.
Se levantó, cogió su bolso Birkin de Hermes –de los más exclusivos que se pueden desear, hay una lista de espera de más de dos años- del mismo color miel que sus sandalias, al que llevaba anudado un pañuelo también de Hermes. Al sentarse  a mi derecha, las mechas de su cabello rozaron mi mejilla y pude apreciar  la suave fragancia del clásico Chanel nº 5. No cabía la menor duda de que Virginia era puro glamur y que el dinero no era uno de sus problemas.
                Le pregunté si le apetecía otro café, me contestó que no, que era muy fuerte para su gusto, al contrario que para el mío que me pareció excesivamente aguado. Optó por un Jack Daniel´s sólo sin hielo, decidí tomar lo mismo y llamé al camarero. Me sentía un poco incómodo, no sabía como reanudar la conversación, era una mujer desde luego impresionante en todos los aspectos.  Más no tuve mucho tiempo para pensar ya que a bocajarro y sin para nada esperarlo, empezó, también en esta ocasión, ella la conversación.
-          ¿Sabes? –por su tono no era una pegunta, era una afirmación, todas las glándulas de mi cuerpo se pusieron a segregar las hormonas precisas en un estado de pre-alerta- eres un hombre muy atractivo, atractivo e interesante, me gusta cómo vas vestido, tienes porte, tienes mucho estilo.  Me gusta tu sombrero pero sobre todo con la naturalidad y elegancia con que lo llevas. –en ningún momento dejó de sonreír-
-          Muchas gracias, me alegro que pienses así y agradezco que me lo digas, la verdad es que elevas la autoestima de cualquiera, con lo que me has dicho ya tengo mi dosis de vanidad para por lo menos un mes
Es lo único que acerté a decir en mi estado de zozobra, nunca una mujer, ni mucho menos tan atractiva y especial, se había dirigido a mí en esos términos y sobre todo a los pocos minutos de conocernos-, Intenté centrarme y seguir la conversación a lo que me ayudó la llegada del camarero con los dos whiskys, los puso encima de unos posavasos de cartón con la imagen del establecimiento y en un platito de alpaca puso la cuenta correspondiente a las cuatro consumiciones. Cogí la nota y cuando me disponía a pagar, ella se adelantó sacando de su cartera, también Hermes, un  billete 100 € y dándoselo al camarero para pagar la cuenta.   
-          ¡Por favor! –Dije a modo de protesta- Permite que te invite, estás en mi continente, la Vieja Europa, cuando esté en el tuyo ya me invitarás tú.
-          No te preocupes, la próxima vez invitas tú, además hoy es mi cumpleaños y ya son las 12 del mediodía y aún no lo he celebrado.
-          Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te desea Carlitos, cumpleaños feliz –le canté-
-          Muchas gracias –me dijo mientras me brindaba la más bella de las sonrisas-
-          Perdona mi pregunta, va más allá de la curiosidad y por supuesto de la indiscreción, pero observándote antes, aparte de no poder adivinar tu nacionalidad, también me costó ponerte una edad. ¿Cuántos años cumples?
-          35 años, 35 añazos ya, empiezo a hacerme vieja. –Dijo soltando una carcajada-
-          Virginia, acabas de empezar la etapa más bonita e intensa de tu vida, en la que todo puede suceder y tú estás preparada para ello.  La etapa en la se va a dar todo lo que hasta ahora has sembrado, todo por lo que has luchado, todo lo que has soñado.  Ahora con 35 años eres la verdadera dueña de tus sueños, de tus anhelos, de tu felicidad. Sabes lo que quieres y cómo conseguirlo, se te ve una mujer muy segura de ti misma y, por lo que he observado en ti, parece ser que el éxito no ha sido esquivo ni mucho menos en tu vida. Me alegra un montón que cumplas hoy 35 años y que yo esté a tu lado en fecha tan señalada, igual es el destino.  ¿Sabes? Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final, es una frase de Harry Mulisch.
-          Muchas gracias por tus palabras Carlos, pero creo que me estás sobrevalorando, ¿no te estaré impresionando? –se volvió a reír de esa manera tan especial que tanto me gustaba y al mismo tiempo tan nervioso me ponía y desarmado me dejaba
-          …/… 
Sólo pude mirarla intensamente a los ojos, ella me mantuvo la mirada por un instante y luego suavemente la bajó. Por un momento pensé que por fin había tenido un pequeño triunfo sobre ella, hasta ese momento todos habían sido por su parte, pero es entonces, como ya era costumbre en nuestra breve historia de minutos, cuando volvió a sorprenderme. Seguía mirándola esperando que ella volviera a levantar sus ojos hacia mí para intentar atisbar algo que me revelara lo que estaba sintiendo o pensando en esos momentos. Nuestras pupilas se volvieron a encontrar, ahora intensamente, súbitamente cogió mi mano, qué abandonada tenía apoyada sobre la mesa, y la apretó entre la suya... Sonreí imagino que con la cara más estúpida del mundo, sin saber reaccionar, ni siguiera seguí su movimiento y le devolví el gesto, ni siquiera salió de mi boca ningún sonido, sólo supe sonreír como un imbécil y, justo en ese momento, cuando aún no se había desdibujado de mis labios la sonrisa, ella los besó.
Mi aturdimiento fue total, toda mi experiencia acumulada que hasta entonces había creído basta y suficiente para conocer a las mujeres y cómo comportarme con ellas, se desvaneció en un instante.  Todo lo que sabía o creía saber no sirvió para nada, era la primera vez en mi vida que me besaban así.  Ya otras mujeres me habían besado antes que yo a ellas, la verdad es que soy un poco tímido por contrario que lo parezca.  Me desenvuelvo muy bien en la conversación y siempre he presumido de que soy capaz de conquistar a una mujer con 15 minutos de charla que pueda tener con ella, pero a la hora de dar el primer beso siempre soy muy cortado, mi eterno miedo al fracaso.
-          ¿Sabes? –me dijo volviendo a la posición normal en su silla y soltando mi mano- tienes una sonrisa encantadora, pareces un niño cuando sonríes,  tal es la ternura hacia mí que he visto en tus ojos y lo dulce de tu sonrisa, que, sintiéndolo mucho, no he podido evitar besarte. Ruego me disculpes y por favor, no saques ninguna conclusión equivocada sobre mí por el beso.  Te aseguro que es la primera vez que lo hago en mi vida, y espero que la última –volvió a reír- pero no he podido contenerme, además… como tú mismo has dicho hace unos minutos, soy dueña de mis sueños y anhelos, además me dije: no permitas que la prudencia del mundo murmure en tus oídos, es la hora de lo inesperado.
Estaba enfadado conmigo mismo, no había sabido actuar correctamente pero, lo que más sentía es que no había podido saborear el tacto de sus labios. Intentaba formar una imagen tangible en mi mente del momento, pero me era totalmente imposible. Las glándulas de mi cuerpo dejaron de verter hormonas en mi organismo y como en estado catatónico lo único que hice fue seguir mirándola intensamente a los ojos.
-          Me pone nerviosa, muy nerviosa, pero me encanta cómo me miras y por favor no sigas así porque entonces no tendré otro remedio que volver a besarte.
Tras una larga pausa y sin dejar de mirarla intensamente a los ojos, mirada que ella correspondía, acerté a decirle
-          Pensarás que soy imbécil o algo parecido. La verdad es que no sé qué decir, ni cómo reaccionar.  Soy consciente de mis encantos, pero… tanto –le dije a modo de broma- de verdad que me has dejado descolocado del todo
-          Tranquilo Carlos, para nada pienso que seas imbécil, además no necesitas decir nada, ya lo han dicho todo tus ojos.
           Desvié la mirada al frente, hacia el infinito. Dejé de pensar. Me limité a sentir. Mi organismo empezó de nuevo a funcionar y una descarga de hormonas inundó con violencia cada rincón de mi piel. Asiendo mi sombrero por la copa me lo quité y la besé.  Sus labios lentamente se entreabrieron, mi lengua con suma dulzura no exenta de pasión empezó a invadir el espacio de su boca, primero fueron sus dientes los que sentí, el filo de ellos en mi lengua, agradable y excitante sensación. Su lengua, primero tímidamente, acudió al encuentro y socorro de la mía, sentí el tacto de su punta en la de la mía, parecieron pasar siglos. Con pasión desbocada se lanzaron la una a la invasión y aprehensión de la otra. Incruenta batalla. Embriagante victoria. Celestial derrota. Mis manos dueñas de sí mismas, hacía ya tiempo que mi cuerpo entero no respondía a mi mente sólo a mis hormonas, a mi pasión, asieron su nuca, la atraje más hacia mí, necesitaba vivir en su boca, en ella. Mi otra mano se posó en su mejilla y empezó a acariciarla. Sus manos siguieron a las mías, una en mi mejilla mientras que con el otro brazo me abrazaba. 
                Me sentí parte del infinito, parte de la eternidad, que no es otra cosa que la ausencia del tiempo.  Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, más bien de mi espíritu, se volcaron al servicio de mi boca, de su boca, de nuestras bocas. Mezcla de fluidos. Ansia de beber y ser bebido. Deseo de tomar y entregar. Nuestras manos se unieron, nuestros dedos se entrelazaron, mientras con nuestra otra mano seguíamos acariciándonos la mejilla. Nuestras lenguas seguían con su apasionada danza, ahora bailaban al compás de una balada, ora al ritmo de un vals, pero las más de las veces seguían las notas de la Danza del Fuego de Falla.
                Nuestras bocas se separaban lentamente, pero seguían los labios besando los otros labios, dulces besos que de pronto se tornaba nuevamente en apasionados y así  volvían a beber de la misma saliva compartida. Retomado combate entre nuestras lenguas, renovado afán de entrega y posesión. De niño se reían de mí, porque mantenía que las hadas existían, pobres incrédulos nunca las llegarán a conocer, yo las he conocido, te conocía ti Virginia.
                El sonido del golpe de unos nudillos en la puerta de mi habitación me arrancó de mis recuerdos. 
-          Señor, cuando quiera el desayuno está listo, pero tranquilo sólo era avisarle, no tiene porqué tener usted alguna prisa.  Ah, y perdona si le he molestado.
-          Muchas gracias señorita, es usted muy amable.
Miré el reloj, eran las 8 de la mañana pasadas, llevaba casi 24 horas en ese pequeño pueblo donde desde el primer instante había sentido que iba a cambiar mi vida.  De un salto me levanté, quité de mi mente todos mis recuerdos de Virginia, me metí bajo la ducha, Johana, -la dueña de la pensión- había tenido el detalle de poner agua caliente.  Mientras sentía como cada fibra de mi cuerpo despertaba a la dulce sensación del agua caliente mientras recorría mi cuerpo, mi mente se fue a Marisol, la chica del bar donde había primeramente había parado el día anterior.  Por un momento mi mente las comparó, a ella y a Virginia.  Difícil comparación entre el pasado que ya no existe y el futuro que todavía no es presente.

Continuará…

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Música para este capítulo:
http://www.youtube.com/watch?v=KPiqmrSHitU  Na Laetha Geal M´öige.  Enya
http://www.youtube.com/watch?v=bKPsztkrIVQ    Cathedral Song. Tanita Tikaran